viernes, enero 13, 2017

Heraldo de la alegría.



El silencio es hoy un bien escaso. ¿O una condición del hábitat humano en peligro de extinción? ¿Cuándo fue la última vez que usted calló para poner atención al otro o a los otros, para regalarle unos minutos de validación?

Escena 1: Mi vecina de enfrente sube el volumen por enésima vez, y por enésima vez no logro concentrarme en la película que deseo ver. Por enésima vez me angustio al saber que no hallaré suficiente silencio para conciliar el sueño a la hora que deseo.

Escena 2: Guy, el trompestista-protagonista de la película "Guy and Madeline on a park bench" de Damien Chazelle (de moda por estos días por la mundialmente alabada "La la land") -que veo en los ratos muerstos, que son muchos, de mi jornada laboral estival- reflexiona en voz alta mientras observa en la lejanía un automóvil con la música en alto: "A eso me refiero. Las personas prenden sus radios tan alto como quieren. (...) Es muy interesante... Nunca escuchas a nadie tocar a todo volumen a Coltrane. O a Charlie Parker. O a Billie Holliday. O a Bach. O la sinfonía de Mahler. Siempre es... (imita el sonido de la música estridente). No lo sé. Quizás llegue el día cuando escuchemos todo tipo de música a todo volumen".

Escena 3: Junto a mi oficina (en un tercer piso) se instalan a medio día, de cada día (redundancia de por medio) un grupo de estudiantes a jugar pin-pon. Gritan, garabatean. Creen estar en medio de la nada, rodeados de objetos inanimados y sin audición.

Escena 4: Leo en una entrevista Cristian Warnken: "A lo mejor, en un futuro no tan lejano, alguien va a vender silencio. Es un bien muy escaso. La gente huye del silencio y se llena de ruidos para taparlo, para no encontrarse con uno mismo, con el tiempo. Hay un pavor de enfrentarse al silencio. ¡Qué triste que alguien nunca haya tenido una experiencia con el silencio!


Yo necesito contar con bolsones de silencio, necesito acumularlo. Y, cuando no lo encuentro, me voy, por ejemplo, al cementerio en Valparaíso. Los cementerios de las ciudades son cápsulas de silencio. Pero uno debería ser capaz de generar su propio silencio. Un alumno me contó que asistió a una escuela tibetana donde construyeron el centro de meditación al lado de la estación de ferrocarriles, en el lugar de mayor ruido y movimiento de la ciudad, justamente para demostrar que uno podía conquistar silencio en medio del caos de una ciudad. El silencio en esos casos te cobija, es una protección. Yo consigo momentos de silencio propio en la lectura de la poesía”.

Escena 5: Desde hace aproximadamente unos 4 años la situación es la misma: me enfado, me angustio, me desconcentro en una sala de cine cuando la gente que se ubica en las proximidades de mi asiento habla a destajo, comenta la película o se la va explicando a su compañero(a) a viva voz, o hace sonidos onomatopéyicos para resaltar los instantes cúlmines o sorpresivos (en algunos casos bastante obvios) de la historia en pantalla. Escasean lo dedos en mis manos para relatar las veces en que un momento clímax o un final han sido manchados por un desenfadado "wá", "chá", "hiiiii..", "¡pero cómo!", "noooo..".

Escena 6: Hoy leo un cómic de Batman y me sorprendo por el origen y la pasión lectora del Espantapájaros, un enemigo más en la lista del protector de Ciudad Gótica. Mientras se relata su origen, el hombre habla de su pasión por leer y por el olor de los libros. Y cita a Shakespeare: "El silencio es el perfecto heraldo de la alegría"

No tengo más escenas que citar o recrear. Sólo dudas que se me anudan en mi rabia, decepción y en la depresión biológica que anido en mi cerebro, según mi psiquiatra.

¿En qué momento se pudrió el silencio? ¿En qué instante desapareció de la calle, de la convivencia social, de las tardes de siesta, de las noche de descanso, de las salas de cine, de las iglesias o de los comedores familiares?

¿Dónde puedo hallarlo a placer? ¿Cuándo la palabra respeto -que podría ser pariente cercana del silencio- fue triturada del vocabulario de la sociedad del país? 

¿Cómo construir un bolsón de silencio en medio de la histeria por tener, mostrar y luego ser, especialmente en cuanto a la música que adoramos y que fácilmente nos gusta mostrar, sin permiso y a altos decíbeles a los demás?

¿Eran los tiempos de antaño efectivamente más silenciosos que ahora? ¿Realmente la gente disfrutaba o era feliz con cerrar los ojos y concentrar el oído en el canto de los pájaros anunciando el final del día al atardecer?

Es evidente. Tengo más dudas que respuestas. Y sólo podría afirmar que Shakespeare estaría equivocado si estuviese aún creando entre nosotros. Hoy los mensajes de felicidad provienen de fuentes muy disímiles al silencio.

A mayor volumen, donde sea y no importando quién esté a metros a mi alrededor, mejor.  

Los demás no importan.. Tengo derecho a hacer lo que quiera porque estoy en mi casa o pagué mi entrada.

Hablo y subo el volumen cuando quiero.

Y soy feliz.

1 comentario:

NUBIRI dijo...

Cada día hay más contaminación acústica y de todo tipo. La falta de respeto es una constante. Por eso uno busca el aislarse de los otros.