sábado, agosto 19, 2006

Rayarlo todo

Leía hace unos días acerca de unas de las mañas más marcadas de Fuguet a la hora de leer libros: subrayar.
Una acto que según él, le era intrínsecoa la hora de leer un libro. Sin lápicera, no había lectura, goce, disfrute. Que no era lo mismo rayar con lapicera y lápiz grafito. Y que tampoco eran sinónimos rayar y subrayar.
Este último ejercicio, hecho por lo general con lápices destacadores, es un acto más bien de recordar utilizado como técnica de estudio. Rayar, por el contrario, apunta reconocer en las páginas algo que el autor dice -quizá sin querer- y que tal vez nos gustaría decir a nosotros. O es tal vez algo que pensamos y en lo que también coincidimos con el hombre detrás de la historia.
Es pues, entonces, pura identificación. Y, agrega el autor, rayar le brinda un valor agregado a un libro. Y que cuando alguien le pide firmar una de sus obras, lo que primero revisa es alguna hoja que esté rayada para comprobar su máxima.
Sin duda, un estilo de lectura que tiene adeptos y detractores. Esto últimos, con una postura -totalmente válida también- de defender la inmaculada condición de blancura de los libros en el tiempo.
Nadie debe estar ajeno al fenómeno. Descubrir trozos, párrafos, capítulos enteros que más de una vez hemos pensado, o bien, hemos querido decir, imaginar o escribir.
En mi caso personal, creo que he rayado un par de libros. Pero con lápiz grafito. Quizás pensando en un arrepentimiento futuro. Que nunca llegó.
Por el contrario, opto por darme el tiempo de transcibir tales pedazos de lectura a libretas o agendas. Hoy encontré una. Y con más facilidad de la que imaginé, toneladas de recuerdos fluyeron a medida que mis pupilas se desplazaban por cada hoja.
Y pensé, mientras Lucybell sonaba con fuerza desde mis parlantes, que quizás todo sería más fácil si se pudiera rayar o transcribir la vida misma para atesorarla aun más. Para no dejar expuesto al deterioro de la memoria buenos pasajes de lo que ha tocado vivir. Una especie de fotografía capturadora transmutada en una lapicera. Que convierta una simple libreta en un verdadero álbum de vida.
Y no se puede. Tal álbum hay que construirlo en base los propios recuerdos que afloran en los momentos más inesperados. Pero, al menos, hay un método.
Sólo así puedes caminar sin el miedo a lo pasajera y cambiante que es la propia vida. Lo que está hoy, en menos de un minuto, puede que después ya no lo esté.
Incluso seres queridos de buenas personas.
Por ello, cuando noticias de tal tenor llegan a mis oídos, y se sabe perfectamente que por más palabras y buenos deseos es muy dificultoso que cambien las cosas; más ganas me dan de tener un lápiz y rayarlo todo.
Quizás así, cariño, sonrisas, afecto, compañía, apoyo, momentos, etc., serán un poco más míos.
Al menos.