viernes, julio 31, 2009

Gente (ya no) enchufada


Una pequeña reflexión-teoría sobre un fenómeno que a diario vemos en las arterias y el transporte público de todo el país. Los reproductores portátiles de música llegaron para tomarlo e invadirlo todo. Inclusive tu metro cuadrado. Tu pequeña parcela individual que antes fue sonoramente impenetrable, hoy ya no lo es.

Hace casi 4 años, redacté una columna en este mismo espacio en la cual me definía como un “…dependiente de la música transportable, portátil e individual. Del placer único de compartir acordes, himnos, ritmos y decibeles sólo entre mis tímpanos y mi mente. Sin intermediarios”.
La auto-alusión provenía de mi gusto por una columna del escritor Sergio Gómez que se titula ‘Gente Enchufada’. Me agradaba cómo describía esa conducta autista y casi anárquica de pasar gran parte del día conectado a unos audífonos.

Gómez escribía: “no faltan los que odian el aparato –detestan la palabra en inglés- y dicen que es el mejor ejemplo para demostrar el individualismo exasperante de la juventud de los noventa. Puede ser. (…) El personal es un invento que representa el ‘no pescar a nadie’, pero también es un acto de digna rebeldía ante el murmullo vicioso de la ciudad; (...) de hecho, viajar en bus o en tren sin un personal, es, a estas alturas, igual que hacerlo sin pasajes. La vida diaria necesita de una banda sonora para todas las películas que pasan frente a nuestros ojos. Pero, por sobre todo, que sea el sonido elegido por cada uno y no un sonido impuesto. (…) Enchufarse al personal es ejercer el derecho básico a la intimidad que debiera tener cada uno con su propia cabeza”.

Hoy, ese ‘derecho básico’ cumplió 30 años. En rigor, Sony, la marca que creó y fabricó el primer modelo de ‘Walkman’, el ‘TPS-L2’, es quien conmemora tal aniversario. De seguro Masuka Ibuka y Akio Morita, fundadores de la compañía y gestores de la idea el 1 de Julio de 1979, no pensaron que su invención, bajo el eslogan “En cualquier sitio y cualquier momento”, llegaría a vender 385 millones de dispositivos en todo el mundo.

30 años en que no sólo los modelos, el tamaño, peso, transportabilidad y los soportes a reproducir han transmutado. Los personal estéreo fueron evolucionando también de la mano con los soportes musicales del momento. Casettes, cedés y mp3’s orientaron igualmente las piezas tecnológicas que los han ido constituyendo. Una cadena evolutiva que también ha evidenciado cambios en sus usuarios.

Pues al margen de los tamaños y colores, el advenimiento de la música comprimida y digitalizada llevó a cierta democratización de su acceso. Hoy ya no es necesario el poder adquisitivo para su obtención. Basta un buen ancho de banda de internet y el reproductor y/o teléfono celular ya están ‘cargados’.

Y no sólo eso. Hoy visualizamos, además, cambios en la forma de auditar la música transportable. Los audífonos han ido siendo relegados para dar paso al simple parlante que amplifica todo. Así como de seguro viste a un trasher caminar al hombro con una radio gigante en los 80’s, o a tu abuelo dirigirse al estadio con una pequeña radio portátil.

Hoy se trata de que el gusto ‘personal’ sea conocido por los demás. De que todo el mundo se entere de qué llevas en tu playlist digital. De imponer a punta de volumen y desfachatez tus artistas favoritos al que va a tu lado. Nada de reservas ni misterios. Lo individual ‘debe’ ser conocido por el resto. Más todavía si se es un seguidor del popular ‘reggeaton’.

Dice una teoría mundana que la diferencia entre hombres y mujeres, aplicada a un plano exclusivamente sexual, tiene que ver con que los primeros son ‘hacia fuera’, y su contraparte ‘hacia dentro’. Órganos externos y momento cúlmine orgásmico de expulsión son parte del hombre, que por cierto, se contrapone a la configuración ‘interiorista’ del organismo femenino, que hace de las contracciones internas su punto de clímax natural.

¿Podríamos hablar entonces de que la forma de escuchar la música, sobre todo en nuestro país, ha mutado de algo ‘femenino’ a una expulsión ‘masculina’? Me atrevería a afirmarlo. Quizás no existe ni cabe una explicación lógica o científica. Pero si en cada microbús, fila pública o paradero hay tipos y tipas vomitándote en tu oído lo que a ellos les gusta, me resulta imposible no recordar que en otros tiempos, ‘la cosa era con audífonos’.

Éramos más contemplativos, más exquisitamente individualistas. Ejercíamos “el derecho básico a la intimidad que debiera tener cada uno con su propia cabeza”. Cosa que resulta cada vez más difícil con tipos y tipas ‘eyaculándote’ regeeaton en cada esquina. Señores Ibuka y Morita: los melómanos respetuosos de antaño demandamos una urgente una campaña que devuelva a su sitial a los menospreciados audífonos. Es justo y necesario.