lunes, enero 30, 2017

Enseñanza 'devuelta'

Hasta escasos minutos mi mente teñida de blanco no podia sintonizar en alta frecuencia.
Algo de calor y sueño tenian en tibio mis ojos y también mis ideas.
Pero sin querer, reparé nuevamente en un recuerdo que me motiva a teclear.
Mi vieja.
Hace unos días, producto de los contactos y 'pitutos' varios, conseguí inscribirla en un curso de alfabetización digital. Con él, según anuncian los expertos municipales, comprenderá aspectos básicos del uso de un computador.
Fijándome con más detenimiento, siento como una pequeña vuelta de mano de mi parte.
Claro, no seré yo quien la instruya, pero al surgir la oportunidad, pensé inmediatamente en ella.
Ella que junto con ser madre, sacrificó el ejercer su título universitario -que consiguió con altísimas calificaciones- por ser también mi profesora personal y mi instructura de vida.
Todo lo que sé, no sólo en el aspecto de aprendizaje escolar, se lo debo a ella.
Los buenos hábitos, aspectos morales, los límites. Todo llegó de su bondadosa y preocupada voz.
Vestirme, las tablas, dividir por dos, escribir en inglés, operaciones con decimales, conjugar verbos, cocinar arroz, hablar por teléfono, hacer sonar un casette en una radio, simplificar un ejercicio de física, dialogar antes de alzar la voz, amar en vez de odiar, entregarse por entero y tener fe en medio de la adversidad, etc.
Se me aprieta la garganta al enumerar sólo algunas cosas.
Soy su fiel reflejo en tantas cosas.
Y ese reflejo aun no cambia para los dos.
En medio de un nuevo verano caluroso, sé que ambos recordamos con especial dulzura las largas caminatas -cada santo día- a la playa en tiempos de 'hijo único'.
Porque con tal de hacerme feliz con uno de mis principales placeres, ella estaba dispuesta a todo. Sin importarle que debía llevarme cocaví y calentar agua en ollas por la falta de calefont en plenos y conflictivos años '80.
Hoy el agua de mar le da frío, y ya no tiene que enseñarme los ramos con dudas ni revisarme las tareas.
En el hoy, transfiere su infinito amor preparándole su postre favorito a su primer y único nieto.
Él es su pleno sol ahora. Y aquello me conmueve infinitamente.
No tenemos tiempo ahora para caminar a la playa. Pero a mi me queda mucho tiempo para intentar devolver lo que aun me sigue dando.
Este curso es apenas un eslabón para empezar.
Ahora yo seré profesor y ella alumna.
Tengo que prepararme para 'enseñar'...
No sé cómo en realidad.
Creo me basaré en ella...

Carta Abierta (y rayada...)

Que culpa tiene la pared.

O las ventanas del microbús.

Los postes, rejas de antejardín, estatuas, plazas, bancos públicos.

¿Te irrita verlo todo pintado de un sólo color armónico?

¿Ver tanto rincón liso e inmaculado?

¿Es tanta tu ansia de intervenirlo y transformarlo todo?

¿No toleras lo que otro diseñó y pintó con anterioridad a ti?

¿Qué ocultan tus serpenteantes, encriptadas e inentedibles marcas?

¿Son de verdad una muestra de lo que quieres expresar, o hay detrás subliminales rasgos de frustración, intolerancia a lo establecido, o ansias de cambiar lo que no te gusta mediante intervención directa?

¿No te contó tu abuelo o tu padre qué razones de peso llevaban antaño a la gente a expresarse en lugares públicos?

¿No te contaron tampoco que los animales inventaron la demarcación de territorio mediante marcas de orín y garras en árboles y piedras?

¿O quieres convencerme que tu replicación de ideas surgidas en ghettos de negros en el Bronx es una tendencia que creaste tú?

¿Cuanto de valentía crees tener si tus marcajes los realizas amparado en la silente oscuridad de la noche?

¿Que tus serpenteantes garabatos colorean las grises ciudades? Claro, pero date el tiempo de preguntar cuanta gente prefiere colorear con ideas de consenso.

¿O acaso nadie te explicó que tu libertad culmina donde comienza la del otro?

Y no me vengas con que todo lo que haces es producto de la falta de espacios que no te dan.

Cómo te los van a dar si ya los interveniste todos, ganándote la molestia generalizada del resto de la ciudad.

¿O no te gustaría una réplica y que amanezcan rayadas tu casa, tu televisor, tus cuadernos, lo que más valoras, con diseños que sólo me gustan a mi?

Claro. Si lo hiciera, yo sería el desubicado, el violador de propiedad privada, el irrespetuoso del valor de lo ajeno, el invasor de tu espacio.

Sí joven graffitero. Yo y el resto de las personas que no rayamos ni destruimos, tenemos la culpa.

Me queda claro.

Anda y sigue. Te quedan muchas paredes recién pintadas.

¡Si hasta puede que el INJUV te regale o te subvencione algunos tarros de spray!

¿Quien dijo que en este país no habían oportunidades para los jóvenes?

Por favor. Esas son 'rayas' del pasado.

Y como sé que jamás leerás esto, continúa pintando y rayando por favor.

Discúlpame si te interrumpí.

viernes, enero 20, 2017

Tonos en el cielo



Colores, encuadres, tonos en el cielo. Música que cae como un bálsamo.

No sé qué tan profundo pueda ser para describir lo que me ocurrió al ver La la land. Extrañamente en las últimas semanas aumentaron mis expectativas al respecto, luego de obviar el prejuicio respecto a los musicales, considerando que no he visto ninguno de los clásicos.

Más bien me centraré en lo que me ocurrió al llegar a casa. Me sentí feliz, con gran bienestar recorriéndome por dentro y obligándome a comentar la película con mi polola. Salvando las proporciones, quizá nos sentimos identificados, pues siempre cantamos y cambiamos las letras a canciones famosas o que nos agradan para molestarnos uno al otro y reír.

La risa. Creo que es un combustible fundamental en nuestra relación, y por fortuna, suena desde aquellas canciones que nos conmueven y nos obligan a subir el volumen.

Inclusive, en un momento jugamos a cómo bailaríamos en escenas similares a las de la película, una fantasía visual que oculta tras de sí una sencilla pero bella reflexión respecto a todo lo que se debe perder para alcanzar la realización personal y profesional.

Perder para ganar. O dejar para ser feliz. Inclusive al amor de la vida, al que le prometes, idílicamente, amor eterno.

Nuestra vida (la de ciudadanos comunes alejados del pituto) está llena de grandes derrotas, y pequeñas y valoradas victorias.

Nuestro sino está escrito, por mano celestial o capricho del destino.

Y en tanto, deseamos moldearlo según los que nos dicta el más irreflexivo corazón.

Por ello es bueno cantar, bailar y disfrutar de la música, el amor y la buena conversación mientras nos planteamos que podría haber algo mejor, oculto, allá en el horizonte.

Los anhelos no conocen límites. Pero si se alcanzan, algo o algo siempre saldrá damnificado, sin derecho a reconstrucción. 

Por mientras, no hay que perder la oportunidad de levantar la cabeza y disfrutar de los diversos tonos del cielo, y mentalmente, cantar y bailar.

miércoles, enero 18, 2017

Postales ajenas





Como primer paso, abre una ventana y teclea en google: envidia.

Encuentra varios resultados. La RAE dice: "Tristeza o pesar del bien ajeno, o como deseo de algo que no se posee".  Otra definición reza que "La envidia es aquel sentimiento o estado mental en el cual existe dolor o desdicha por no poseer uno mismo lo que tiene el otro, sea en bienes, cualidades superiores u otra clase de cosas tangibles e intangible".

Desde el psicoanálisis la envidia es definida como "un sentimiento experimentado por aquel que desea intensamente algo poseído por otro. La envidia daña la capacidad de gozar y de apreciar lo que posee uno mismo. Es el factor más importante del socavamiento de los sentimientos de amor, ternura o gratitud". 

Finalmente, se detiene en la apreciación del cristianismo al respecto: "La Envidia es considerado como un pecado capital porque genera otros pecados; el término no se refiere a la magnitud del pecado sino a que da origen a muchos otros pecados y rompe con el amor al prójimo que proclama Jesús". 

Lee de nuevo y halla elementos en común: tristeza, deseo, dolor, amor al prójimo.
Pero no hay en aquellos conceptos algo que pueda expresar lo que sucede en su mente -y que se clava en su corazón- al momento de observar en esas vitrinas exhibicionistas de las redes sociales lo que hacen otros en lugares disímiles a donde se encuentra situado en este mismo instante.

Rostros felices bajo cascadas, en calles de ensueño. Rostros alegres en parajes dignos de una fotografía para abrigar en la memoria de la experiencia.

El mundo puede. Él no. Los demás marcan su próximo destino en un mapa y hacia allá encaminan su deseo y plenitud.

Él sólo resta en su presupuesto y planifica cómo llegar holgadamente a fin de mes.

La suerte de muchos; la desdicha de pocos. ¿Es tan simple como eso? Quizás no.
Quizá no es tristeza, deseo o dolor. Es más bien rabia. Pura rabia. Pero no por lo demás y sus postales de felicidad eterna en otros sitios. Es odio por sí mismo y por su pasado, presente y futuro. Es arrepentimiento por las decisiones tomadas antaño.

La estrella de otros que opaca la superficie de sus manos cuando intenta apreciar en ellas los signos de su esfuerzo, de sus años de lucha. De su vuelta larga para conseguir lo que otros obtienen en dos pasos. Un amigo una vez se lo dijo: "hay unos que van por la calle y pisan un billete y se lo guardan. Otros pasamos por el mismo lugar y sólo pisamos caca".

La suerte de otros. El camino sencillo y lleno de apoyos que han recorrido ellos. Sabe que cada quien forja su propio destino, pero cuando se nace con la estrella, simplemente se nace.

Pero se detiene y piensa: ¿sería realmente feliz con sólo tener lo que otros ostentan en estos días? Quizá no. Con una sinceridad que emana de lo más puro de su corazón, siente que no. Y se siente aliviado al saber que no, que no desea hurtarle algo a nadie.

Todos lo merecen. Y él también merece lo que es suyo por estos días. Y pone líneas sobre un papel para ver si de esa forma exorciza todos esos pensamientos agrios que nublan su cabeza ahora.  

Quiere. Debe sacudirse. Sabe que será una tarea dificultosa, pues cuando vuelva a encontrarse con una postal de plenitud en un lugar ajeno a su terrotorio, quizá vuelva a rumiar, otra vez, algo parecido a lo que escribió hoy.

Pero cierra los ojos y pide a Dios que le entregue más fuerza para oprimir esa acidez que no se corresponde con lo que quiere para su vida.

"(...) gozar y apreciar lo que posee uno mismo". Vuelve a leerlo. Intentará situarlo como un mantra en su cabeza.

Suelta el lápiz y observa las huellas que dejó en el papel. Se siente más liviano, ido.
Decide concentrarse en las cosas simples. Y recuerda lo que leyó esta mañana acerca de un escritor que habla sobre un amigo enfermo y su concentración en los triunfos sencillos y las ambiciones cortas. Lo subrayó para encontrarlo con facilidad en un futuro inminente:

"Cuando viejo, yo quiero ser como él, y pasearme por mi propia Zaragoza en busca de un buen asiento en la plaza, una buena conversación, una sonrisa que haga olvidar la inminencia del fin". 

Deja el lápiz y cierra la ventana de google.

Se siente más liviano, ido.


viernes, enero 13, 2017

Heraldo de la alegría.



El silencio es hoy un bien escaso. ¿O una condición del hábitat humano en peligro de extinción? ¿Cuándo fue la última vez que usted calló para poner atención al otro o a los otros, para regalarle unos minutos de validación?

Escena 1: Mi vecina de enfrente sube el volumen por enésima vez, y por enésima vez no logro concentrarme en la película que deseo ver. Por enésima vez me angustio al saber que no hallaré suficiente silencio para conciliar el sueño a la hora que deseo.

Escena 2: Guy, el trompestista-protagonista de la película "Guy and Madeline on a park bench" de Damien Chazelle (de moda por estos días por la mundialmente alabada "La la land") -que veo en los ratos muerstos, que son muchos, de mi jornada laboral estival- reflexiona en voz alta mientras observa en la lejanía un automóvil con la música en alto: "A eso me refiero. Las personas prenden sus radios tan alto como quieren. (...) Es muy interesante... Nunca escuchas a nadie tocar a todo volumen a Coltrane. O a Charlie Parker. O a Billie Holliday. O a Bach. O la sinfonía de Mahler. Siempre es... (imita el sonido de la música estridente). No lo sé. Quizás llegue el día cuando escuchemos todo tipo de música a todo volumen".

Escena 3: Junto a mi oficina (en un tercer piso) se instalan a medio día, de cada día (redundancia de por medio) un grupo de estudiantes a jugar pin-pon. Gritan, garabatean. Creen estar en medio de la nada, rodeados de objetos inanimados y sin audición.

Escena 4: Leo en una entrevista Cristian Warnken: "A lo mejor, en un futuro no tan lejano, alguien va a vender silencio. Es un bien muy escaso. La gente huye del silencio y se llena de ruidos para taparlo, para no encontrarse con uno mismo, con el tiempo. Hay un pavor de enfrentarse al silencio. ¡Qué triste que alguien nunca haya tenido una experiencia con el silencio!


Yo necesito contar con bolsones de silencio, necesito acumularlo. Y, cuando no lo encuentro, me voy, por ejemplo, al cementerio en Valparaíso. Los cementerios de las ciudades son cápsulas de silencio. Pero uno debería ser capaz de generar su propio silencio. Un alumno me contó que asistió a una escuela tibetana donde construyeron el centro de meditación al lado de la estación de ferrocarriles, en el lugar de mayor ruido y movimiento de la ciudad, justamente para demostrar que uno podía conquistar silencio en medio del caos de una ciudad. El silencio en esos casos te cobija, es una protección. Yo consigo momentos de silencio propio en la lectura de la poesía”.

Escena 5: Desde hace aproximadamente unos 4 años la situación es la misma: me enfado, me angustio, me desconcentro en una sala de cine cuando la gente que se ubica en las proximidades de mi asiento habla a destajo, comenta la película o se la va explicando a su compañero(a) a viva voz, o hace sonidos onomatopéyicos para resaltar los instantes cúlmines o sorpresivos (en algunos casos bastante obvios) de la historia en pantalla. Escasean lo dedos en mis manos para relatar las veces en que un momento clímax o un final han sido manchados por un desenfadado "wá", "chá", "hiiiii..", "¡pero cómo!", "noooo..".

Escena 6: Hoy leo un cómic de Batman y me sorprendo por el origen y la pasión lectora del Espantapájaros, un enemigo más en la lista del protector de Ciudad Gótica. Mientras se relata su origen, el hombre habla de su pasión por leer y por el olor de los libros. Y cita a Shakespeare: "El silencio es el perfecto heraldo de la alegría"

No tengo más escenas que citar o recrear. Sólo dudas que se me anudan en mi rabia, decepción y en la depresión biológica que anido en mi cerebro, según mi psiquiatra.

¿En qué momento se pudrió el silencio? ¿En qué instante desapareció de la calle, de la convivencia social, de las tardes de siesta, de las noche de descanso, de las salas de cine, de las iglesias o de los comedores familiares?

¿Dónde puedo hallarlo a placer? ¿Cuándo la palabra respeto -que podría ser pariente cercana del silencio- fue triturada del vocabulario de la sociedad del país? 

¿Cómo construir un bolsón de silencio en medio de la histeria por tener, mostrar y luego ser, especialmente en cuanto a la música que adoramos y que fácilmente nos gusta mostrar, sin permiso y a altos decíbeles a los demás?

¿Eran los tiempos de antaño efectivamente más silenciosos que ahora? ¿Realmente la gente disfrutaba o era feliz con cerrar los ojos y concentrar el oído en el canto de los pájaros anunciando el final del día al atardecer?

Es evidente. Tengo más dudas que respuestas. Y sólo podría afirmar que Shakespeare estaría equivocado si estuviese aún creando entre nosotros. Hoy los mensajes de felicidad provienen de fuentes muy disímiles al silencio.

A mayor volumen, donde sea y no importando quién esté a metros a mi alrededor, mejor.  

Los demás no importan.. Tengo derecho a hacer lo que quiera porque estoy en mi casa o pagué mi entrada.

Hablo y subo el volumen cuando quiero.

Y soy feliz.